La semana pasada me regalaron Sables y Utopías, el libro de Vargas Llosa que recoge una selección de sus artículos sobre política latinoamericana o, mejor dicho, sobre tiranías y regímenes populistas latinoamericanos, porque en los escasos ejemplos felices de democracias no se fija. Vargas Llosa es un tótem, quiero decir, que al margen de sus magistrales novelas (junto a la magna Conversación en la Catedral y a la impúdica Elogio de la Madrastra, yo tengo predilección por dos de las más recientes, La fiesta del Chivo y El paraíso en la otra esquina) es un tipo que escribe siempre (siempre desde que yo empecé a leerle, hace diez o doce años) con una intachabilidad moral alarmante. Digo alarmante porque en estos tiempos ruines y zafios que corren los personajes intachables son sospechosos, uno piensa que en cualquier momento van a mostrar su cara oscura y nos van a traicionar. Don Mario de momento no lo ha hecho y ya es mayorcito, así que es posible que, además del erudito y maravilloso narrador que conocemos, sea ciertamente un hombre íntegro.
Abandono los cerros de Úbeda para volver al hilo: el primero de los artículos que viene en el libro, llamado El país de las mil caras, es un recorrido autobiográfico que compagina la historia política de Perú con episodios de la vida del arequipeño. Lo publicó en el New York Times y su tono es muy didáctico para aproximar al lector común a la política peruana. En él menciona a un gobernante peruano con parentesco o amistad con su familia llamado Bustamante y del que menciona tres virtudes que lo definen como político inmaculado: que salió del poder más pobre de lo que entró, que fue tolerante con sus adversarios y severo con sus partidarios y que respetó las leyes hasta el extremo del suicidio político.
Sinceramente, no recuerdo ningún político español así. El partidismo exacerbado es un rasgo casi uniforme en todos los políticos de la tierra. La falta de respeto a las leyes, que no significa necesariamente romperlas, sino que también se da cuando se manipulan o desprecian, queda retratada en episodios como el debate público sobre la sentencia (potencial) de constitucionalidad de la reforma del Estatuto de Cataluña. Y en cuanto al enriquecimiento… ni hablemos. En Atlantic City Springsteen habla de las deudas que un hombre honrado nunca podrá llegar a pagar. No digo que vivamos en una cleptocracia tan alarmante como parece cuando uno abre el periódico, pero sí tengo claro que la mayoría de los políticos se dedica al oficio porque serían incapaces de llevar una carrera profesional de éxito. A eso ha llevado el sistema político español, a la creación de una casta profesional y que necesita continuar en la brecha por mera supervivencia. No hace falta dar ejemplos, todos los conocemos. Afíliate al partido con quince años, métete en su organización, empieza por la política de barrio, ve dando saltos y puedes acabar de ministro sin haber terminado la carrera. Haz tu vida de pijales por la noche madrileña, sevillana o valenciana, hazte amigo de empresarios egipcios y políticos chupópteros, haz regalitos bien dirigidos y puedes menear las finanzas de un partido político.
Casi siempre da ganas de vomitar, a veces de llorar. Pero reconozco que esta semana me he descojonado hasta el punto de que se me saltaran las lágrimas. Ricardo Costa, un tipo con una pelota de ping-pong cosida al paladar pringado hasta las trancas en el asunto de las correas y los bigotes, cuando se puso en duda el origen de su carraco americano (con el que se hostió hace poco) afirma que se lo compró con un préstamo de su madre. Aunque fuera cierto deberían echarle del partido por gilipollas. Cojones, que tienes cuarenta años y eres diputado, ¿qué haces pidiéndole treinta mil euros a tu madre?
viernes 9 de octubre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada