viernes 9 de octubre de 2009

Me compré el coche con el dinero de mamá

La semana pasada me regalaron Sables y Utopías, el libro de Vargas Llosa que recoge una selección de sus artículos sobre política latinoamericana o, mejor dicho, sobre tiranías y regímenes populistas latinoamericanos, porque en los escasos ejemplos felices de democracias no se fija. Vargas Llosa es un tótem, quiero decir, que al margen de sus magistrales novelas (junto a la magna Conversación en la Catedral y a la impúdica Elogio de la Madrastra, yo tengo predilección por dos de las más recientes, La fiesta del Chivo y El paraíso en la otra esquina) es un tipo que escribe siempre (siempre desde que yo empecé a leerle, hace diez o doce años) con una intachabilidad moral alarmante. Digo alarmante porque en estos tiempos ruines y zafios que corren los personajes intachables son sospechosos, uno piensa que en cualquier momento van a mostrar su cara oscura y nos van a traicionar. Don Mario de momento no lo ha hecho y ya es mayorcito, así que es posible que, además del erudito y maravilloso narrador que conocemos, sea ciertamente un hombre íntegro.

Abandono los cerros de Úbeda para volver al hilo: el primero de los artículos que viene en el libro, llamado El país de las mil caras, es un recorrido autobiográfico que compagina la historia política de Perú con episodios de la vida del arequipeño. Lo publicó en el New York Times y su tono es muy didáctico para aproximar al lector común a la política peruana. En él menciona a un gobernante peruano con parentesco o amistad con su familia llamado Bustamante y del que menciona tres virtudes que lo definen como político inmaculado: que salió del poder más pobre de lo que entró, que fue tolerante con sus adversarios y severo con sus partidarios y que respetó las leyes hasta el extremo del suicidio político.

Sinceramente, no recuerdo ningún político español así. El partidismo exacerbado es un rasgo casi uniforme en todos los políticos de la tierra. La falta de respeto a las leyes, que no significa necesariamente romperlas, sino que también se da cuando se manipulan o desprecian, queda retratada en episodios como el debate público sobre la sentencia (potencial) de constitucionalidad de la reforma del Estatuto de Cataluña. Y en cuanto al enriquecimiento… ni hablemos. En Atlantic City Springsteen habla de las deudas que un hombre honrado nunca podrá llegar a pagar. No digo que vivamos en una cleptocracia tan alarmante como parece cuando uno abre el periódico, pero sí tengo claro que la mayoría de los políticos se dedica al oficio porque serían incapaces de llevar una carrera profesional de éxito. A eso ha llevado el sistema político español, a la creación de una casta profesional y que necesita continuar en la brecha por mera supervivencia. No hace falta dar ejemplos, todos los conocemos. Afíliate al partido con quince años, métete en su organización, empieza por la política de barrio, ve dando saltos y puedes acabar de ministro sin haber terminado la carrera. Haz tu vida de pijales por la noche madrileña, sevillana o valenciana, hazte amigo de empresarios egipcios y políticos chupópteros, haz regalitos bien dirigidos y puedes menear las finanzas de un partido político.

Casi siempre da ganas de vomitar, a veces de llorar. Pero reconozco que esta semana me he descojonado hasta el punto de que se me saltaran las lágrimas. Ricardo Costa, un tipo con una pelota de ping-pong cosida al paladar pringado hasta las trancas en el asunto de las correas y los bigotes, cuando se puso en duda el origen de su carraco americano (con el que se hostió hace poco) afirma que se lo compró con un préstamo de su madre. Aunque fuera cierto deberían echarle del partido por gilipollas. Cojones, que tienes cuarenta años y eres diputado, ¿qué haces pidiéndole treinta mil euros a tu madre?

viernes 2 de octubre de 2009

Los discos de la tía abuela de mi mujer

Estas cosas que pasan en las películas ocasionalmente se trasladan a la vida de sus espectadores. Hace un año por estas fechas que murió una tía abuela de la que hoy es mi santa esposa, respetabilísima señora de la que jamás había oído hablar hasta el día de su deceso. Avergonzado reconozco que la noticia de su fallecimiento vino a representar para mí más o menos lo mismo que el resultado de las elecciones municipales celebradas en cualquier país africano. Vamos, prácticamente nada, que aunque haya leído a Kapuscinski el África subsahariana sigue despertando escaso interés en mí.

El caso es que con el paso de las semanas fui averiguando más de la buena mujer, a quien de haber conocido en vida sin duda hubiera suscitado mayor interés en mí, porque resultó haber vivido una existencia bastante interesante. Soltera y sin hijos, resulta que consagró su vida a la música. Profesora de piano, entre los enseres que dejó en su casa de la sierra madrileña había una magnífica y variadísima biblioteca, un majestuoso piano de cola y una completísima colección de música clásica. Los que hoy son mis suegros tuvieron la gentileza de avisarme de que la biblioteca y la colección de discos se encontraban a mi disposición, puesto que ningún familiar cercano tenía interés en ellos.

Con bastante pereza, puesto que no imaginaba lo que iba a encontrar, me dirigí a la casa de la sierra, y pasé dos horas que están entre las más sorprendentes y, en cierto modo, agobiantes de mi vida. A mi disposición estaban las colecciones de libros y discos. Con los discos no hubo duda, fueron todos directos al maletero del coche. Pero con los libros, era materialmente imposible llevarme ni la quinta parte. Uno a uno, fui sacando lo que más me interesó. Desde las memorias políticas de Azaña (¿fue republicana la buena señora?) a clásicos españoles como Cela y Delibes, pasando por dramas griegos y poesía latinoamericana. Los treinta o cuarenta libros que me llevé ocupan hoy lugar preferencial en mi estantería.

Y los discos. De la noche a la mañana, me convertí en propietario de la colección de música clásica en vinilo de una profesora de piano de conservatorio. Reconozco que mi amiga la pereza me ha impedido realizar el inventario que merece la discografía, pero hay unos trescientos LPs en los que predomina (loado sea el Cielo) Juan Sebastián Bach. Además, Mozart, Beethoven, Schumann, Liszt, Mahler… Por el momento, me he limitado a los discos de Bach (suena a misa, dice mi santa cuando le doy caña al Clave bien templado), pero tengo la determinación de ir avanzando en este regalo que me cayó del cielo (nunca mejor dicho). De momento sigo prefiriendo a Springsteen, Lucinda y Van Morrison, pero sé que en el futuro estoy condenado a abrazar la música clásica, aunque por el momento mi conocimiento sobre la misma tienda a cero. Eso sí, cuando lo haga ya tendré por dónde comenzar.

Cosas de la vida. ¿Imaginó mi benefactora que sus discos y libros acabarían en poder de un desconocido, casado con la hija de su sobrina? Está claro que no, pero, por otro lado, quiero creer que la hubiera hecho feliz que llegaran a alguien que, como ella, los leyera, los escuchara y los amara.

martes 29 de septiembre de 2009

Suum quique tribuere

Una de las voces más lúcidas que uno puede encontrar en la prensa diaria es la de Enric González, cada día en las páginas - basura (las de televisión, manda huevos) de El País, esas mismas en las que durante años Haro Tecglen estuvo confinado. Sigo sus columnas siempre que leo el periódico prisaico y aunque he leído solamente uno de sus libros (Historias de Nueva York, un encantador relato para los que aman o amarían esa ciudad, lamentablemente me dejó un amargo regusto por un injustificado comentario que cae hacia el final) ya le considero una opinión fundadísima en todo lo que le atañe (fútbol, libros, periodismo, cine, viajes) y sensatísima en todo lo demás (política, vida).

En la última entrevista digital de las que cada semana le realizan los internautas, alguien le ha felicitado por el artículo sobre Polanski que hoy ha publicado en el diario de papel. Lo que el Sr. González opina es lo que yo venía esperando escuchar o leer desde que el fin de semana saltó la noticia del arresto del director de cine polaco, y que hasta hace un rato cuando he cogido el periódico mientras comía, no había encontrado aún. Básicamente: por muy director de cine de categoría que seas, por muchos 72 años que tengas, por mucha mujer asesinada por secta que hayas padecido, por muchos holocaustos nazis que tu familia haya sufrido y, sobre todo, por mucho que hayan pasado 32 años, si alguna vez has drogado a una niña de 13 años para tirártela, si te pillan, te jodes y al trullo.

No me gustó La semilla del diablo, ni encontré su lado siniestro, ni Mia Farrow me pone cachondo, por mucho que compartiera otras pasiones con Woody Allen. Chinatown, en cambio, es una de mis películas de referencia. Frenético me inquieta y cautiva de principio a fin, y puede que sea el mejor papel de Harrison Ford, uno de los actores más entrañables para mi generación. Hasta La novena puerta convierte una mala novela de Pérez Reverte en una buena película, con esa memorable escena en la que Johnny Depp se tira a la diablesa Emanuelle Seigner con un castillo ardiendo al fondo. El Pianista, aunque tal vez sobrepremiada, es una digna, cuidada y respetuosísima transposición del relato autobiográfico de Spilzman. Dicho esto, queda claro que soy más bien admirador del Roman Polanski cineasta.

Literatos, incluso premios Nobel, que justifican y ensalzan actos terroristas y regímenes despóticos. Músicos que arrean a sus esposas e hijos. Bailaores flamencos que atropellan viandantes y salen echando najas macabeas. Creo que llevamos ya suficientes siglos de historia del arte como para saber separar la obra del artista. No sorprende, sin embargo, que el gremio cineasta prepare y firme manifiestos moralmente aberrantes, pues es a lo que acostumbra. Me pregunto si lo que los abajofirmantes están esperando es que se conozca su fechoría para que sus compañeros se lancen en turba a defender el universo moral paralelo en el que los artistas se mueven (¿fue Antonio Canales quien dijo casi literalmente esto mismo cuando Farruquito hizo su hit & run?). Lamentablemente, hay periodistas, políticos y ciudadanos que fagocitan, digieren y asimilan estas justificaciones de lo injustificable. Afortunadamente, queda gente con memoria y entendimiento que sabe que si Roman Polanski se comporta como Carcaño, Anglés o el monstruo de Amstetten, debe recibir lo mismo que ellos. O tal vez más. Suum quique tribuere. Por El Pianista, un Oscar. Por la violación, una celda.

lunes 21 de septiembre de 2009

Se acabó la soledad de Homer y Earl(e)

Hay un episodio de los Simpsons, tal vez uno de los más entrañables, en el que Homer, después de comer un chili cultivado en un manicomio guatemalteco, inicia un viaje lisérgico que le causa un grave problema matrimonial con Marge. Durante el citado viaje, Homer es guiado por un zorro que en la versión original tenía la voz del eterno Johnny Cash, y después de su disputa con Marge, Homer inicia otro viaje, en busca de su alma gemela esta vez. Abatido y deprimido, cree encontrar su alma gemela en el hombre más solitario de Springfield, el guardián del faro. Cuando llega al faro, observa en un cartel que el farero se llama Earl, y mientras sube la escalera de caracol en su encuentro grita una de mis frases favoritas en los veinte años de historia de la serie “¡Se acabó la soledad de Homer y Earl!”. Finalmente Earl no existe, porque el faro es controlado por un ordenador con dicho nombre: “Electronic Automatic Robotic Lighthouse”

Cuando escuché por primera vez hablar de Steve Earle, lo primero que me vino a la cabeza fue la frase de Homer. No sé cuándo fue aquello, pero sí recuerdo que la primera canción de Steve Earle que escuché fue More than I can do. Es curioso, porque al menos cuatro o cinco años después y con seis o siete discos del americano en mi estantería, sigo sin tener esa canción, que es una de mis favoritas. En cualquier caso recuerdo que unos meses después me fui a la Fnac para comprar lo que encontrara de Earle, y a pelo me agencié el directo en el festival City Limits de Austin, que básicamente es una transposición al directo de su disco debut, Guitar Town. En cualquier caso, es el inicio de la leyenda y un disco formidable. Desde entonces, los viajes ocasionales a EEUU y alguna otra incursión en la Fnac me han permitido trazar la desigual y oscilante trayectoria del texano, cuya última estación por el momento se encuentra en Townes, el homenaje al maestro de Earle. En el momento en que supe que Steve Earle venía a Madrid, corrí a comprar el disco. Suave, con corazón y maravillosamente nacido para el directo.

Con estos antecedentes nos plantamos el viernes en la Joy. Quinientas, seiscientas personas. Sinceramente, no creo que fueran pocas, sino que, más bien al contrario, creo que dice bastante de mi ciudad que cinco o seis centenares de sus vecinos le dediquemos la noche de un viernes a un delicatessen como el texano. Earle está gordo, viejo y feo. Es curioso, porque en sus fotos más antiguas, antes de que el alcohol, la heroína y la cárcel hicieran estragos, Steve es un joven con bastante buena pinta que incluso podía haber desempeñado cierto papel de galán de raíces al estilo Jimmy Dean. Poco importa, en cualquier caso, porque lo que a Earle le falte de buena presencia le sobra de talento y oficio. Voz, guitarra y armónica. Esta vez ni siquiera ha venido con su mujer para que le haga los coros, pero da igual, porque ese hombre encima del escenario está de cualquier manera menos solo. La modulación de la voz al son de los arpegios de sus dedos es asombrosa. Nunca hubiera catalogado a Steve Earle como un privilegiado vocal, hasta el viernes por la noche. Pero lo es. El repertorio, ecuánimemente repartido entre el disco en promoción y algunos de sus muchos clásicos, con predominio del grandísimo El Corazón. Earle estuvo correcto, tendiendo hacia simpático, en su trato con un público entregado. Un par de horas de caviar y a casa.

El country rock es un género mainstream en los Estados Unidos. Quiero decir que las grandes estrellas del country son auténticas estrellas en el showbusiness americano, aunque a Europa apenas lleguen sus ecos. Obviamente Steve Earle nunca hubiera sido un Garth Brooks o una Shania Twain, hubiera sido una pesadilla tanto para él como para sus seguidores, pero tal vez sí que hubiera podido convertirse en un exitoso sucesor de Johnny Cash o Willy Nelson. Seguramente sus vicios, en el puro sentido de la palabra, contribuyeran a perturbar su recorrido artístico, pero en cualquier caso Steve Earle tomó una decisión cuando decidió seguir la senda de Townes Van Zandt. Una senda que le llevó a actuar el viernes ante quinientos madrileños en un show desnudo, humilde y auténtico. En un show de rock.

Se acabó la soledad de Homer y Earle.

miércoles 19 de agosto de 2009

Period of transition

Uno de los rasgos que valoro en los blogs de los que soy lector es la asiduidad. Asombra que Santiago González pueda patronear cada día su embarcación sin que el nivel de su análisis y de su ironía decaiga jamás. No voy siquiera a intentar equipararme a ningún plumífero profesional, pero a mí me costó mantener un mínimo grado de recurrencia casi desde el principio, aunque tuve mis momentos algo prolíficos. En ningún caso quería ponerme a escribir por obligación de cosas que ni siquiera a mí me interesaban.

El caso es que desde que hace más de dos años nació este cuaderno, que ahora lleva varios meses durmiendo, se ha hablado (escrito) por aquí de literatura, deporte, política, cine, series de televisión y, mayoritariamente, de música. De rock. No sé si me gusta más un buen disco que un buen libro, pero sí es cierto que me provoca sensaciones más rápidas, y en cualquier caso su consumo es más sencillo, con lo que uno puede tener cierta erudición musical con mayor facilidad que una literaria.

Se aproxima el comienzo del curso 2009 – 2010, y no tengo muy clara ni la orientación ni la intensidad que el blog va a tener en el futuro, ni siquiera tengo la certeza de que vaya a volver a respirar tras los últimos meses de hibernación. El caso es que durante los recientes meses de apatía han pasado bastantes cosas dignas de reseña, que en otras épocas hubieran dado para unas cuantas páginas cibernéticas, o como se quiera llamar a los folios alojados en esta cosa llamada blogger. Ha pasado un huracán llamado John Fogerty que ha dejado el mejor concierto celebrado en Madrid en un par de años. Ha pasado su majestad Lucinda Williams que, con un repertorio mejorable y una actitud meramente cumplidora se nos ha escapado viva. Han pasado los gamberros AC-DC y el ya un poco brasas (no puedo creer que yo esté escribiendo esto) Springsteen. Me perdí a Wilco pero me encontré con un DVD y un disco, para mí el mejor de su carrera. Tenemos nuevos trabajos, buenos aunque no maravillosos, de Bob Dylan y Neil Young. Aunque los mamones de la Academia pasaron de él, Clint Eastwood abofeteó nuestro espíritu en Gran Torino, maravilla moral en la que hasta canta con Jaime Cullum.

Por no hablar de los libros leídos, de los combinados bebidos, de las carnes y pescados saboreados, de las ciudades paseadas, de los campos, montes y playas recorridos y, sobre todo, de los amigos y familiares frecuentados. En fin, todo eso que se hace cuando uno no trabaja y que se llama vida. Me gustaría meterlo todo en unas líneas de este blog, pero definitivamente es mejor vivir que escribir.

Hasta que nos olamos.

martes 31 de marzo de 2009

El Imperio


Parece que este verano nos visitarán John Fogerty y Lucinda Williams. Los AC/DC ya están por aquí, y volverán en junio. En breve tendremos nuevos discos de Bob Dylan y Neil Young. La vida sigue igual, pero este escuálido blog pide una tregua al rock’n’roll para seguir hablando de libros.

Para Ryszard Kapuscinski nacer en 1932 en Pinsk fue algo así como para Stefan Zweig nacer en 1881 en Viena. Lo mismo que fue para decenas de millones de centroeuropeos nacer en cualquier sitio entre el Báltico y los Cárpatos entre 1880 y 1940: estar sometido al arbitrio fronterizo, al terror genocida y a la emigración forzosa y masiva dictada por una colección inigualable de déspotas asesinos, encabezada por Adolfo Hitler y José Stalin. En concreto, Pinsk era Polonia cuando nació Kapuscinski, la voracidad de Hitler la convirtió en Alemania y Stalin la anexionó para la república soviética de Bielorrusia cuando el ejército rojo le ganó la carrera hacia Berlín a sus aliados occidentales.

Kapuscinski casi se disculpa por olvidarse de su tradicional compromiso con el tercer mundo (Ébano, El Emperador, La guerra del fútbol) para escribir sobre la Unión Soviética en el momento de su desmoronamiento. Creo que no tenía elección. Si hubiera tenido edad para hacerlo en 1945, nos hubiera dejado una incomparable crónica sobre el derrumbe del imperio nazi, pero como generacionalmente le tocó vivir la decadencia del no menos sanguinario régimen soviético, tuvo que contarnos lo que vio en sus viajes por El Imperio, la manera como él llama a la URSS.

Al margen de los viajes menores realizados en momentos más tempranos de su vida, y que no tienen un interés menor, pero sí que son menos pormenorizados, El Imperio es un recorrido por una Unión Soviética en descomposición. Desde el esplendor rancio de Moscú y San Petersburgo hasta la sordidez y pobreza extrema de Siberia, pasando por las tierras y pueblos sometidos a las arbitrariedades asesinas de Stalin y Kruschev, el libro parecerá (esperemos) ciencia ficción algún día. Recuerdo alguna conversación con familiares y amigos, en la que los mayores recordaban episodios de los años del franquismo, que por absurdos acababan siendo tan cómicos como ridículos y, en tantos casos, denigrantes. En el caso de la Unión Soviética, uno siente la tentación de tomar a risa muchas de las historias que cuenta Kapuscinski, si no fuera por que cada una está forjada con la sangre o con el hambre de los pueblos sometidos.

No voy a recordar demasiados episodios del libro, para eso están sus cientos de páginas arrebatadoras. Tan solamente quiero mencionar las tres que a mí más me helaron la sangre, a pesar de venir curado de espanto con mis recientes lecturas de Grossman o Amis:

Los que hemos recibido una educación medianamente decente recordamos entre nuestros lejanas nociones de geografía mundial un mar interior, más pequeño que el Caspio y situado a su oriente, llamado el Mar de Aral. Kapuscinski nos recuerda la decisión de Stalin de desviar los cursos de los ríos Amu Daria y Syr Daria, con el objeto de regar los campos que debían convertir a la Unión Soviética en el mayor productor mundial de algodón. Las canalizaciones invirtieron la naturaleza de los ríos, cuyos cauces decrecían en vez de crecer con el transcurso de sus recorridos, y fueron secando paulatinamente el mar. Ciudades que en su día fueron pesqueras están hoy a cien kilómetros de la costa. El Mar de Aral es hoy la décima parte de lo que fue hace cien años. Uzbekistán y Kazajstán sufren hoy el capricho de Stalin de hace noventa años.

Nagorno Karabaj (Alto Karabaj, en castellano) es un nombre que resuena en las mentes medianamente cultivadas como uno de esos conflictos bélicos eternos, seguramente vinculado a cuestiones religiosas y seguramente sin solución. Kapuscinski nos relata el origen y evolución de los pueblos del Cáucaso, georgianos, armenios y azeríes, cristianos algunos y musulmanes otros. La política de alianzas e intereses geoestratégicos del Imperio aconsejó, para mantener vivo un conflicto religioso, rodear una región armenia (cristiana) de poblaciones azeríes (musulmanas), creando la isla de Nagorno Karabaj en mitad del Azerbaiyán.

Y los campos de exterminio. Siberia. La nada. El hambre. El frío. La sofisticación del hombre a la hora de matar nunca dejó de evolucionar, pero seguramente nunca fue tan exquisita como durante las limpiezas étnicas, religiosas y políticas de Koba el terrible. Seguiremos leyendo sobre el holocausto e intentaremos seguir leyendo sobre el exterminio de Stalin, aunque siga siendo políticamente incorrecto acordarse de él. Lo haremos porque, entre otros, tuvimos un día a un hombre como Ryszard Kapuscinski.
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Our history, the history of Polish-Russian relations, is very tragic, very harrowing. There has been a lot of suffering on our side, because Stalin killed all our intelligentsia. It wasn't just that he killed 100,000 people, it was that he purposely killed the 100,000 who were our only intelligentsia. When I started writing Imperium, I had a problem with my conscience, because if I wrote strictly from the point of view of this Polish experience, the book would be completely unacceptable and incomprehensible to the Western reader. So I had to put aside our Polish experience, and to find an angle, an objective way of writing about Russia.

Ryszard Kapuscinski

lunes 23 de febrero de 2009

Desolación


En la nueva singladura del blog en 2009, he decidido rebajar el contenido rockero y alternarlo con otro tipo de contenidos. Empecemos por los libros.

El año pasado, en un viaje a Estados Unidos, y animado sin duda por el éxito de la película de los Coen No es país para viejos (No country for old men), me compré el libro de Cormac McCarthy en el que se basa el film. Me gustó, sin entusiasmarme, pero sí lo suficiente como para decidirme a comprar también una obra anterior y que, de hecho, tuvo mayor éxito, La carretera (The Road).
Uno ha leído la estremecedora historia de Primo Levi en Auschwitz, Si esto es un hombre; se le han revuelto las entrañas con las crónicas de la Segunda Guerra Mundial de Vassili Grossman, Vida y destino; ha llorado con Umbral la muerte de su primogénito en Mortal y rosa. Pero nunca me había encontrado con un libro tan desolador como La carretera, que al contrario que los anteriores es pura ficción.

La carretera es una utopía, es la crónica de un mundo por venir, de un mundo que ya prácticamente no es nada. Alguna catástrofe que se oculta al lector ha arrasado la tierra, extinguiendo casi a la totalidad de la especie humana. Las cenizas nublan el cielo, tiñen los mares y ensucian la tierra. En esa situación, un niño y su padre recorren a pie la carretera, de camino hacia un lugar seguro. El niño no ha vivido otro mundo que el presente. No ha conocido más niños ni ha comido más que los restos que pueden recoger de almacenes o cosechas, mientras que el padre sí ha conocido el mundo anterior. Juntos huyen del frío, del hambre y, sobre todo, de sus semejantes. No hay nombres en la novela, y la única relación humana es la relación paterno-filial mencionada, basada en la conservación, la protección y un cariño casi animal.

La construcción del libro es lineal, con un narrador omnisciente y breves recuerdos del padre del mundo que ya no es. Los diálogos son casi monosilábicos, puesto que el hijo apenas tiene la concepción humana de la conversación. Las reseñas hablan de un fondo de bondad en la obra, encarnada en la figura del hijo. Más que bondad, yo solamente veo inocencia, y en cualquier caso una inocencia que no es más que una débil llama en la oscuridad absoluta. Desolación y angustia, eso es La carretera.

PS. Buscando la foto con la que ilustrar este post, me encuentro en la wikipedia con la noticia de una adaptación cinematográfica que se encuentra en post-producción y que yo desconocía. Por lo que leo, cuenta con dos puntos a favor: el padre va a ser interpretado por el magnífico Viggo Mortensen, y la música será de Nick Cave, uno de los músicos que mejor puede reflejar esa desolación que la novela transmite.

martes 17 de febrero de 2009

La mejor canción de rock para adultos

El cierre del año 2008 coincidió con lo que pensé que sería el cierre definitivo de este blog. Circunstancias personales y laborales me habían impedido durante los últimos meses prestarle demasiada atención, y no niego que también había perdido interés personal por darle un mínimo de continuidad. Como el fin de año coincidió con un cambio de aires profesionales, decidí dejar morir la bitácora.

Una de las circunstancias que han cambiado en mi vida es que durante los dos últimos meses escucho mucha menos música. La razón es sencillísima. He dejado de utilizar el coche, y por lo tanto he dejado de dedicar la hora y media diaria de atascos a escuchar rock. Ahora esa hora y media de traslados son apenas quince minutos de ida y otros quince de vuelta en autobús o metro, así que he cambiado los CDs del coche por el libro debajo del brazo. Nunca he sido demasiado amigo del Ipod, pero cuando me di cuenta de que había tardado más de diez días en escuchar completo el nuevo disco de Bruce Springsteen, vi que la situación empezaba a ser peligrosa y decidí sacarle lustre a mi Nano.

Así que llevo varios días cargándolo con algunas de mis últimas adquisiciones, a las que había prestado nula atención desde el mes de noviembre, y una de ellas, Sky Blue Sky de Wilco, me ha hecho retornar a este paraje cibernético. Ya he comentado alguna vez lo que me gusta frecuentar en las secciones de música de los grandes almacenes esos espacios que en las antiguas librerías se llamaban “los baratos”, donde acaban los discos que nadie ha comprado durante los primeros meses desde su salida y se intentan vender a precios irrisorios. En ese agujero de El Corte Inglés de Castellana encontré la pasada Navidad el disco de Wilco. Un disco que había querido tener desde que salió pero que siempre había salido perjudicado al verse sometido a la eterna restricción presupuestaria. Por cinco euros fue mío.

No soy un incondicional de Wilco. No voy a gastarme los 70 euros que cuesta la entrada para su concierto del mes de mayo en Madrid. Pero sus discos me agradan en la misma medida que le desagradan a mi parienta, es decir, mucho. Son suaves, elegantes y estridentes por momentos. Crecen de unas raíces muy tradicionales pero tienen el punto de transgresión artística que les hace singulares. Misunderstood, Jesus, etc., Ashes of american flags son canciones a las que tengo una máxima consideración, pero esa singularidad a la que me refería hace que sean un grupo difícil, incluso para los que tenemos “sintonía” con ellos. Son para escuchar en solitario y en estados de ánimo muy particulares.

Supongo que eso es lo que me ha ocurrido esta mañana. Estaba en ese estado de ánimo. A las 8.30, camino del autobús, en la fría pero clara mañana madrileña, Impossible Germany ha sonado en mi Ipod de tal manera que nunca hubiera querido que terminara. Exactamente como es Wilco. Suave y elegante. Una melodía perfecta para la primera hora de la mañana, cuando intentas ordenar tus pensamientos camino del trabajo. Seguida de un ejercicio de guitarra para que quede claro de quién es la criatura. En ese momento se me ha ocurrido el título del post. La mejor canción de rock para adultos.

Impossible Germany
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Impossible Germany
Unlikely Japan
Wherever you go
Wherever you land
I'll say what this means to me
I'll do what I can
Impossible Germany
Unlikely Japan

lunes 22 de diciembre de 2008

In & Out 2008

Por segundo año consecutivo, se convoca en este foro la encuesta para determinar lo mejorcito del año 2008. Os recuerdo las candidaturas que ya utilizamos el año pasado, y también que esta tierra es libre y que por lo tanto no tenéis por qué ceñiros a ellas:
1. Mejor disco en español.
2. Mejor disco internacional.
3. Mejor canción español.
4. Mejor canción internacional.
5. Mejor reedición, disco de versiones o grandes éxitos.
6. Mejor Película - DVD.
7. Concierto del año.
Mis premiados son los siguientes:
1. La ley innata. Extremoduro. Mucho hemos hablado por aquí de la maravilla que nos ha regalado Robe este año. Sus mejores letras y muchos de sus momentos musicales que más recordaremos. Una delicia, un auténtico privilegio.

2. Mudcrutch. Mudcrutch. Pues sí, este año que han vuelto en todo su esplendor los Metallica, este año que AC/DC nos ha dejado un regreso con la contundencia de sus mejores años, este año voy y le doy mi voto a la reunión de Tom Petty con sus compañeros de instituto. Rock del que nunca hay que olvidar y un disco porque yo lo valgo.

3. Cuarto movimiento: la Realidad. Extremoduro. Hubiera preferido darle el premio a una canción de otro disco, porque lo trascendental de La ley innata es su unidad, pero es que tampoco está el panorama nacional para tantas alegrías. O por lo menos, yo no lo sigo como en otros tiempos, así que mi voto va para la porción más conmovedora de ese politoxicómano que se llama Robe Iniesta.

4. A ride back home. John Mellencamp. Supongo que tendrá que venir un psicoanalista a explicarme por qué elijo canciones suaves si antes he elegido álbumes "destroyers", pero así salen las cosas esta tarde. Ninguna canción me ha emocionado como ésta durante 2008.

5. Tell Tale Signs. Bob Dylan. Es el octavo volumen, y ya nadie se sorprende de que los Bootleg de Dylan estén a la altura de los mejores discos del genio de Duluth. Las dos versiones de Mississippi, qué maravilla.

7. Shine a light. Que sí, que Scorsese ha desaprovechado a los Stones. Que sí, que sale Christina Aguilera. Pero es una película de Scorsese. Y la protagonizan los Stones. Basta.

8. Neil Young. Lamento muchísimo darle este premio a un concierto que se produjo en el lamentable circo del Rock in Rio, pero es que no puedo dárselo otra vez a Springsteen, Dylan o Van Morrison, porque si estás por aquí todos los años pierdes el factor sorpresa. Y el concierto del canadiense fue emocionantísimo, sin ningún tipo de concesión al aparato publicitario que lo rodeaba. Inolvidable. Tom Waits, cuando te hagas un poco más accesible veremos podrás aparecer en esta categoría.

miércoles 17 de diciembre de 2008

Green River y la CCR

Sigo todo lo que puedo a John Fogerty desde hace años, lo cual no es fácil teniendo en cuenta que se encuentra a años luz del circuito comercial del rock en lo que toca a España. En ese sentido, sería un elemento más que unir a la cuadrilla de los John Mellencamp o Tom Petty, auténticas deidades en su país de origen que, con largas y exitosas carreras no tienen ningún interés en cruzar el charco (si no es a Londres, que vendría a ser el estado 51 de la Unión) para actuar en teatros cuando en casa lo hacen en estadios. Pero es que, adicionalmente, Fogerty sitúa (en mi opinión) en el Olimpo del rock en un escalón superior al de los citados Petty o Mellencamp, puesto que decir John Fogerty es decir Creedence Clearwater Revival, una de las bandas de rock americanas más grandes de todos los tiempos, tan contundente y decisiva como efímera. Have you ever seen the rain o Proud Mary son canciones que forman parte de la memoria musical de la humanidad.

Pero aquí es donde emerge la paradoja de la Creedence (como en su día hablábamos de la paradoja de Extremoduro). La personalidad un tanto egóvora de John Fogerty liquidó la banda con apenas cinco años de historia, plagados de éxitos y de una creatividad asfixiante. El paralelismo con los Guns n' Roses es evidente, y lo es más porque a partir del momento de la separación de al banda se inicia un recorrido de disputas legales que provocó incluso el enfrentamiento fraterno entre Tom y John Fogerty. La discontinua carrera de Fogerty en solitario ha tenido momentos de brillantez como el maravilloso Revival, que por aquí catalogamos como lo mejorcito de 2007.

No estoy seguro de si las razones reales tienen que ver con la mencionada historia de litigios sobre sus canciones, pero lo cierto es que los discos de la Creedence escasean especialmente. Es difícil encontrar poco más que su recopilatorio Chronicle (creo que recientemente ha aparecido algún nuevo "grandes éxitos"), por lo que en mi reciente visita a Amoeba Music, en Los Ángeles, me lancé en la sección de segunda mano sobre los ejemplares de la banda californiana. Mi paso por la tienda acabó con más de treinta discos en mi cesta, pero los problemas de espacio en el equipaje y la mirada amenazante de mi santa me obligaron a abandonar unos cuantos junto al mostrador. Uno de los que pasó el filtro fue Green River, una de mis recurrentes escuchas de las últimas semanas.

La canción que da título y que abre el LP no es de mis favoritas. Me recuerda a Susie Q, pero sin llegar al nivel, aunque poco importa porque a continuación ya llega Commotion y, sobre todo, Tombstone Shadow, un blues de un clasicismo asombroso que no había escuchado jamás y que ha sido mi gran descubrimiento en el álbum. Por supuesto Bad Moon Rising, por supuesto esa eterna maravilla llamada Lodi y algunas otras excelentes canciones como Wrote a song for everyone. En conjunto un disco que suena primitivo, pero que suena a eterno también. La guitarra, y sobre todo, la asombrosa voz de John Fogerty están en la primera línea de los clásicos del rock.

Soy seguidor de muchos de los grandes grupos y solistas clásicos de la misma epoca que hoy continúan en activo, de Dylan a los Who. En mayor o menor medida, todos los artistas que forjaron el rock'n roll actual mantienen un aura de clásicos en vida en el panorama actual, pero tengo la sensación de que a la Creedence, o lo que es lo mismo, a John Fogerty no se le hace la justicia que merece.
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Wrote A Song For Ev'ryone,
Wrote a song for truth.
Wrote A Song For Ev'ryone
When I couldn't even talk to you

miércoles 26 de noviembre de 2008

All you need is...


La primera vez que escuché o leí algo sobre un espectáculo acerca de los Beatles llamado Love fue cuando hace un par de años se lanzó un disco, y pensé que era una nueva artimaña de George Martin para exprimir como cada navidad el fenómeno de los Fab Four. No iba muy desencaminado, puesto que el espíritu mercantilista de Martin está a la altura de su talento y trascendencia como productor, pero resulta que también había por detrás una cosa muy seria llamada el Circo del Sol. La compañía canadiense había comenzado unos años antes a preparar un espectáculo que efectivamente se representa desde 2006 en Las Vegas con el mismo nombre. La idea surgió por la amistad entre el difunto George Harrison y uno de los fundadores del Cirque du Soleil, y el pasado 1 de noviembre pude asistir a una representación.

El espectáculo se representa en el hotel - casino Mirage, que es uno de los más clásicos e importantes del strip de Las Vegas, hortera, reluciente y llamativo como todos los demás. Dentro del propio recinto, tiene un teatro (tal vez sería más certero decir anfiteatro, porque la situación del escenario no es frontal sino central) con más de dos mil asientos, cada uno provisto con su propio sistema de sonido envolvente. Era la primera vez que asistía a un espectáculo del Circo del Sol, así que no sabía que lo habitual de estos shows es que la música se represente en directo, pero Love es la única excepción, porque la música es el centro de la representación, y está formada por una cadena de piezas de los Beatles remezcladas y en algunos casos reinstrumentadas para la ocasión por el citado George Martin. En el escenario, pero también en las escaleras junto a las localidades y, muy especialmente, en lo alto del recinto, se produce la interpretación de los artistas (actores-acróbatas-bailarines).

Más que una historia o un argumento, propiamente dichos, existe un sutil hilo conductor de la obra. Lo importante son las canciones y los números acrobáticos, pero se puede decir que hay dos historias que son representadas de forma paralela: una, la propia historia de los Beatles desde su nacimiento hasta la cima de su éxito, y otra, la búsqueda del amor por un joven inspirado por las canciones de los cuatro de Liverpool. Los números son impresionantes, quien haya visto algún espectáculo del Circo del Sol conocerá el color, el ritmo y la sorprendente ejecución de los bailes - acrobacias. Las canciones... son algunas de las mejores canciones de la historia del rock.

Suenan fragmentos de más de 100 canciones, según se anuncia, pero realmente son 27 piezas más o menos completas. Ni os voy a dar la lista ni os voy a aburrir con el número asociado a cada una de ellas, pero sí os diré que los Beatles vivos, como hubiera ocurrido con George y John de haber podido ver el espectáculo, estarán orgullosos de cómo se ha plasmado plásticamente el contenido lírico y emocional de cada canción. A la segunda canción, Get Back, yo ya estaba emocionado en mi asiento, con las cuatro siluetas, tan reconocibles, proyectadas alrededor de todo el escenario. A continuación, comienza la historia de los Beatles con la recreación de un Liverpool lúgubre y semiderruido (posguerra) a los compases de Eleanor Rigby. Help, Blackbird, Lady Madonna, Revolution o Hey Jude se representan con una imaginería que perfectamente podría ser la que pasaba por la cabeza de la dupla Lennon / McCartney cuando escribieron estas grandísimas canciones. Y mención aparte para A day in the life. Canción ya surrealista por naturaleza, con su letra onírica y su orquestación sonando al revés, nunca podría soportar el formato tradicional de videoclip, y necesariamente tendría que ir acompañada de un espectáculo circense como es el caso.

Tengo alergia a los musicales. Ni siquiera vi el de Queen, que creo que era bastante digno, y no sé si Love entra en esta categoría, pero espero que no. Ahora comprendo el respeto unánime que se profesa hacia el Circo del Sol, y como beatlemaniaco en ejercicio, me enorgullece que su talento haya querido rendir tributo al de los Beatles.
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Woke up, fell out of bed,
Dragged a comb across my head
Found my way downstairs and drank a cup,
And looking up I noticed I was late.
Found my coat and grabbed my hat
Made the bus in seconds flat
Found my way upstairs and had a smoke,
Somebody spoke and I went into a dream

martes 25 de noviembre de 2008

Bigger than Jesus

Leo en el siempre instructivo blog de Santiago González que John Lennon ha sido absuelto por la Iglesia, 28 años después de su muerte y 42 después de su pecado, por haber comparado a su banda, los Beatles, con el hijo de Dios. Más grandes que Jesús. Eso dijo.

Tras cometer su pecado, el protomártir Lennon obtuvo las esperables reacciones de protesta de la ortodoxia cristiana, y de hecho creo que llegó a pedir perdón. Ni estoy muy seguro ni me importa demasiado, de la misma manera que esta decisión de la curia romana se la habrá traido al pairo al propio John, allá donde esté.

A mí esta anécdota me ha hecho recordar aquel episodio de la época dorada de los Simpsons, en el que Homer cuenta a sus hijos cómo en su día había sido una estrella de la música volcal con su grupo Los solfamidas. Lisa le pregunta entonces a su padre por el final de su exitosa carrera artística, si es que acaso habían afirmado ser más grandes que Jesucristo, a lo que Homer contesta que, de hecho, ese había sido el nombre de su último disco.


viernes 21 de noviembre de 2008

Bluesy street howl


Conocida es mi afición por las listas que se publican aquí y allá sobre temas rockeros diversos, y en un aeropuerto encontré recientemente el issue del Rolling Stone americano (no sé si publicado ya en España) sobre los cien mejores cantantes de la historia del rock (y alrededores). En cualquier caso, está disponible en la edición digital y podéis ver una más que discutible lista de cantantes, con sus mentores y feligreses.

No he podido hacer aún más que una lectura diagonal, pero me ha interesado leer lo que Bono (U2, no el presidente del Congreso de loj Diputados) escribe sobre Dylan, que aparece el séptimo en la lista. Es una buena frase: "para comprender el impacto de Bob Dylan como cantante, tienes que imaginar cómo sería un mundo sin Tom Waits, Bruce Springsteen, Eddie Vedder, Kurt Cobain, Lucinda Williams o sin cualquier otro vocalista que suene con una voz atrancada, con un sucio ladrido o con un aullido callejero con ecos blues".

No tenía pensado escribir todavía sobre Tell Tale Signs, el octavo volumen de las Bootleg Series de Bob Dylan, esta colección por fascículos que nos está regalando el de Duluth con sus viejas grabaciones desdeñadas en su día. Tan solo lo he podido escuchar una vez y media, pero esta mañana iba en el coche cuando he tenido uno de esos raros momentos de clarividencia al escuchar la versión de Mississippi (originalmente en Love and Theft) que abre el segundo disco del álbum, una versión cabaretera, con ecos de R'n'B, con ese sonido Nueva Orleans que la rota garganta del viejo Bob ejecuta magistralmente. Más tarde he leído la frase de Bono y no he podido estar más de acuerdo. Hasta Dylan (y hasta Janis Joplin), la voz tenía que ser hermosa, con un metal inmaculado. Elvis, Roy Orbison, los propios Beatles, eran voces privilegiadas con ecos de corales religiosas. Un chaval de Minessota llega al Village neoyorkino y lo cambia todo.

Dylan también ha tenido sus experimentos vocales, como el proto-rap que sería Subterranean Homesick Blues o el mimetismo con Johnny Cash en el Nashville Skyline, pero se ha movido casi siempre en una dirección, que es dejar que su voz se alargue, se amolde a su música de forma predominante sobre la misma, con especial relevancia en sus actuaciones en directo. Ya en sus primeros discos, tan desnudos, presenta una voz que no es ni un torrente ni un claro manantial, pero que es la única voz con la que canciones como Masters of War o The times they are a-changing pueden sonar a realidad. Con el Bringing it all back home y, sobre todo, con el Blonde on blonde, esa dejadez se convierte ya en bandera. Por no hablar de su colección de recientes obras maestras, en las que convierte su ronquera en la única manera razonable en que canciones tan maravillosas como Not Dark Yet o Working Man Blues pueden sonar.

Por este camino avanza Tell Tale Signs. Recoge grabaciones desechadas del Oh Mercy (1988) hasta el Modern Times (2006), época dorada del Dylan maduro. Las versiones alternativas de las canciones que ya se habían editado (Dignity, Most of the time, la propia Mississippi que aparece por duplicado...) aparecen infraproducidas con respecto a las versiones oficiales, en ritmos menos solemnes e incluso con letras cambiadas. Hay canciones magistrales que incomprensiblemente quedaron fuera de los discos finales, como Red river shore. Hay versiones en directo que son muestras inconfundibles del actual Dylan en directo, el del Never ending tour.

Sé que me repito y me imagino que doy la sensación de exagerar cuando hablo de Dylan. Pero me apuesto lo que queráis a que, dentro de décadas, lo que este señor está haciendo en los años recientes se considerará lo mejor de su carrera, y también el pilar fundamental de la música adulta contemporánea.

PS. Por cierto, éste es el post número 100. Aunque no escribáis mucho sé que estáis ahí. Gracias.
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Walking through the leaves, falling from the trees
Feeling like a stranger nobody sees
So many things that we never will undo
I know you're sorry, I'm sorry too

jueves 20 de noviembre de 2008

Camiseta negra y botellón


Como Gandalf, vuelvo a vosotros después de la tempestad. Ya habrá ocasiones en el futuro de comentar descubrimientos como el de un maravilloso lugar llamado Amoeba Music en Hollywood Boulevard, Los Angeles, pero no puedo dejar pasar más tiempo sin comentar el fin de gira de Extremoduro del pasado fin de semana.

Entiendo que empiezo a ser algo repetitivo con Extremo, puesto que no escribo demasiado últimamente y casi siempre es sobre ellos. Pero es la actualidad. Espero tener tiempo en las próximas semanas también para AC/DC, Metallica y tantas otras cosas que tengo atrasadas.

Extremo, una vez más, y ya no sé ni las que van. Desde el antiguo Palacio de los Deportes hasta el nuevo y ya remodelado, pasando por Vistalegre o La Cubierta, Robe y Uoho cierran sus giras en Madrid desde hace mucho tiempo, y hace ya mucho que siempre estamos allí. En esta ocasión, el motivo era su inmenso y heterodoxo último disco, La ley innata. Ante la dificultad para afrontar en directo este experimento musical, se vaticinaba un concierto basado en los grandes clásicos, lo cual ocurrió, pero no del todo. Estuvieron allí Jesucristo García, Salir, Ama, Dónde están mis amigos, Stand by, So payaso... Pero también Sol de Invierno, Historias Prohibidas o ¡¡¡JD Central Nuclear!!! Es decir, concesiones a los oyentes de los grandes éxitos pero también canciones menos evidentes aunque igual de importantes en su carrera.

Pero vamos al epicentro del concierto: la pieza de no menos de veinticinco minutos del nuevo disco que se soltaron: Dulce introducción al caos, Los sueños, Lo de fuera. Yo he visto a Neil Young encandenar casi 50 minutos de guitarreo en solamente dos canciones. Yo he visto a Bob Dylan dejarse llevar por extenuantes sesiones de rockabilly con motivo de un Summer Days. Yo he visto a Springsteen machacar hasta la saciedad un Out on the street. He visto, también, a Fito prolongar su Acabo de llegar hasta que los pies del respetable han echado humo. Pero no había visto a nadie ejecutar en directo algo que en su versión de estudio ya dura 25 minutos y que enlace partes acústicas con partes atronadores, sin parar de cantar en apenas ningún momento. Lo he dicho otras veces, no solamente con motivo de Extremoduro: que más de treinta mil personas (total en dos días consecutivos) asistan a un espectáculo tan poco comercial como el citado es algo que me llena de orgullo y satisfacción.

Por lo demás, uno empieza a estar un poco mayor para todo lo que lleva aparejado un concierto de este estilo: apretarse la camiseta negra y las botas raídas, agarrarse la merluza desde primera hora de la tarde, dar y recibir codazos y empujones, quitarse la camiseta negra para exhibir las lorzas con orgullo... En fin. Mientras el cuerpo aguante.
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Y me busco en la memoria el rincon donde perdí la razón
y la encuentro donde se me perdió cuando dijiste que no

viernes 3 de octubre de 2008

Compilation tapes

Hace unas semanas leía esta entrada en el blog que Darío Manrique escribe sobre música en elpais.com. Para los musicófilos (y también para los seguidores de Alta Fidelidad, libro o película, tantas veces recordados ambos aquí) resulta bastante entrañable este proyecto que comenta el autor, de recuperación de aquellas viejas cintas variadas que se grababan para amigos, amigas o para ti mismo. De hecho, bajo el amparo de aquella efímera maravilla que se llamó Napster, yo cultivé en mis años de universidad ese mismo oficio recopilatorio pero ya en la era digital, y aunque conservo sus frutos en algún porta-CDs que llevo en el coche, no me encuentro demasiado orgulloso de los mismos. Por regla general, los grababa para oírlos con alguna chica y así quedaban: de moñas para arriba. Así es la vida, hermanos.

Alta Fidelidad (el libro) incluye un auténtico manual de cómo preparar los clásicos compilation tapes. Yo tenía mi propia técnica, dejando las mejores canciones, y las más animadas, para el principio y para el final, procurando hacer transiciones suaves y manteniendo cierta monocromía. Estaba ya bastante desentrenado en la materia cuando, en los últimos días, me he vuelto a ver envuelto en una preparación semejante. Por razones que no vienen al caso, estoy preparando cierta selección musical que sonará como fondo en un próximo acontecimiento.

Se trata de un acto "formal" y tranquilo, con lo que queda excluida una sesión de rock progresivo o de punk. Durante un tiempo pensé en encadenar baladas de rock duro o rock clásico, de Poison a Guns n'Roses, pero finalmente me decanté por lo que precisamente ayer terminé: una selección de medios tiempos, con predominancia del folk-rock americano pero también con cierta presencia de los clásicos británicos y con la pincelada en español (que no podía faltar, siendo yo) de Quique González. La selección es (aproximadamente, estoy escribiendo de memoria) la siguiente:

Leonard Cohen - Alexandra leaving
Tom Petty - Wildflowers
Tom Waits -Ol' 55
Bob Dylan -Tangled up in blue
Quique González -La fiesta de la luna llena
Neil Young - The painter
Steve Earle -Poison Lovers
Rod Stewart - The first cut is the deepest
Norah Jones - Feelin' the same way
Van Morrison - The healing game
Lucinda Williams - Lake Charles
Johnny Cash - Four strong winds
Robert Plant & Alison Kraus - Killing the blues
Keith Richards - Make no mistake
Bruce Springsteen - Tougher than the rest
John Mellencamp - A ride back home
Steve Earle - Little rockn'roller
Van Morrison - Days like these
The Beatles - In my life
Norah Jones - Don't know why
Johnny Cash - I'm free from the chain gang now
The Rolling Stones - Wild horses
Lucinda Williams - Just in time
Van Morrison - High Summer
Quique González - Avión en tierra
Neil Young - Harvest moon
Bob Dylan - To make you feel my love

Críticas y elogios serán igualmente bienvenidos.
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Ven a la fiesta de la luna llena,
se abría una autopista en medio del verano
Un, dos tres, cuatro y sonará la orquesta de pájaros mojados
Ten la estrella que cayó para ti
y luego la guardó en un cajón
No tuve otra manera de huir.